martes, 9 de octubre de 2012

LA PESTE ESCARLATA.


LA PESTE ESCARLATA.
Jack London.
El sendero seguía lo que en otro tiempo había sido el Terraplén de una vía férrea, pero desde hacía muchos años ningún tren pasaba por ahí. El bosque había sido invadido las pendientes de Terraplén y rodeaba el sendero, no más ancho que el cuerpo de un hombre, con árboles y arbustos. A lo lejos se oía el tenue rumor del mar.
Por ese sendero caminaba un anciano y un muchacho. Avanzaban despacio, porque el viejo estaba doblegado por el peso de los años; marchaba con movimientos temblorosos y se apoyaba en un bastón. Un pedazo de piel de cabra le cubría el pecho y la espalda. Un gorro de la misma piel, al que le había añadido una gran hoja como ingeniosa visera, lo protegía del sol. Tenía el cabello blanco, sucio y desgreñado, igual que su barba, que le llegaba a la cintura.
El muchacho, que iba a delante, vestía un pedazo de piel de oso al que le había hecho un agujero para pasarlo por su cabeza. Aparentaba unos 12 años; llevaba un arco y, en la espalda, un carcaj lleno de flechas.  Del cuello le colgaba una correa con una vaina de las que asomaba el mango de un cuchillo de caza. Su piel morena contrastaba con el celeste de sus ojos.
Caminaba con todos sus sentidos alerta y, de pronto, advirtió algo. Alzó la mano para indicarle al anciano que se detuviera. Cerca de la cima del Terraplén se oyó un crujido de tras de unos matorrales y enseguida apareció un enorme oso pardo. El animal gruñó en forma amenazadora. El muchacho puso una flecha en el arco y lo tensó. Sin dejar de mirar al oso, le hizo señas al anciano de que se apartara del sendero y bajara por la pendiente del Terraplén. Esperaron que el animal se alejara y luego retomaron el camino.
-¡Un oso muy grande, abuelo!- exclamó el muchacho.
-Cada día hay más- dijo el viejo-. ¡Jamás habría imaginado que un día resultaría peligroso ir al balneario de Cliff-house! Cuando yo era un niño, Edwin, venían aquí miles de familias desde San Francisco, en verano. Y no había osos. Eran tan raros que los metían en jaulas y se pagaba dinero para verlos.
-¿Qué es dinero, abuelo?
Antes de que el viejo respondiera, Edwin se acordó. Metió la mano en una bolsa que llevaba debajo de su piel de oso y sacó un abollado dólar de plata. El anciano lo miró con nostalgia.
-Mi vista es mala- murmuró-. Fíjate, Edwin, si puedes distinguir la flecha.
 -¡Ay abuelo! Sigues insistiendo en hacerme creer que estas marcas significan algo.
El anciano acercó la moneda a los ojos y por fin pudo distinguir la flecha.
-¡2012!-exclamó-. Ese año Morgan V fue nombrado presidente de los Estados Unidos por el consejo de magnates. Debió ser una de las últimas monedas que se acuñaron, porque la peste escarlata llegó en 2013. ¡Pensar que eso ocurrió hace 60 años y que yo soy el único sobreviviente de esa época! ¿Dónde la encontraste Edwin?
-Hoo-Hoo me la dio. La halló cerca de San José, mientras apacentaban sus cabras.
¿Tienes hambre abuelo?
-Ojalá cara de liebre haya encontrado algún cangrejo –dijo el viejo-. ¡Quizá sean dos! Son buena comida para quien no tiene dientes, pero si dos nietos que quieren a su abuelo y que…
Edwin le indicó que se callara. A unos 50 pies de distancia, junto a un arbusto, había visto un conejo. De nuevo puso una flecha en el arco y lo tensó. Apuntó y soltó la cuerda. La flecha voló certera e hirió de muerte al conejo, Edwin corrió en busca de su presa y regresó triunfante con ella asida de las orejas. Después continuaron marcha. El ruido de las olas se hizo más audible, y cuando salieron del bosque desembocaron en una zona de dunas que los separaba del mar. Un grupo de cabras que mordisqueaba la escasa hierba que crecía en la arena. El pastor del rebaño era un muchacho vestido con pieles de animal, secundado por un perro de aspecto lobuno. Cerca de él, otro niño de similar apariencia salvaje cuidaba una hoguera, acompañado de varios perros semejantes al otro.
-¡Almejas!- suspiró el anciano, luego de aspirar el humo de la hoguera-. ¿No hay cangrejos, Hoo, Hoo?
-También, abuelo- dijo Hoo, Hoo, que aparentaba la misma edad de Edwin-. Atrapé cuatro.
Impaciente, el viejo apartó de las brazas una almeja de gran tamaño. El calor había abierto las valvas y la carne color salmón se hallaba bien cocida. El hombre la tomó entre los dedos y se la llevó a la boca; pero estaba muy caliente. Lanzó un aullido de dolor y escupió la almeja. Los muchachos estallaron en carcajadas. El pastor de las cabras, atraído por el ruido, llegó corriendo y enseguida se unió al coro de sonrisas insolentes. Se llamaba cara de liebre.
-cuando yo era niño –los reprendió el viejo-, no nos burlábamos de nuestros mayores, sino que los respetábamos.
Los muchachos no le prestaron atención. Luego el anciano retiró otras almejas y unos cangrejos del fuego, pero esta vez espero a que se enfriaran antes de comerlos. Mientras los saboreaba, miraba el mar y un montículo de rocas en la orilla donde había unos leones marinos.
-          En esas rocas había un restaurante donde servían cangrejos con mayonesa –rememoró-. ¡Qué sabrosa era la mayonesa! ¡ Y hace 60 años que no se hace más! En ese entonces San Francisco tenía 4 millones de habitantes, y ahora, en toda la región no quedan más de cuarenta. En el mar había una gran cantidad de barcos. Y en el aire, dirigibles y aviones. Pero eso fue antes de la peste escarlata.
Los niños lo escuchaban sin interés. Estaban hartos de oírlo hablar de los tiempos pasados y no entendían la mayoría de las palabras que él empleaba en esos monólogos.
No se trataba del sencillo lenguaje que él usaba para hablar con ellos.
De pronto las cabras levantaron sus cabezas en señal de alarma y corrieron a refugiarse junto a sus guardianes humanos. Los perros empezaron a gruñir. Por la arena avanzaban 6 lobos grises y flacos. Edwin les disparó una flecha, que erró el blanco; pero cara de liebre, armado de una honda, les arrojó una piedra que acertó en la cabeza de uno de los lobos e hizo huir a la manada hacía el bosque.
Los niños festejaron su victoria, pero el viejo comenzó de nuevo sus lamentaciones:
-¡Qué ironía! El hombre conquistó este planeta. Domesticó a los animales útiles, eliminó a los dañinos y limpio la tierra de vegetación silvestre. Y un día toda su obra desapareció, y la manera de vida primitiva volvió a invadirlo todo. El bosque cubrió los campos sembrados, las fieras atacan los rebaños y hay lobos en la playa de Cliff- house.
¡Y todo por la culpa de la peste escarlata!
-Escarlata, escarlata…- Se quejó cara de liebre-. Siempre repites esa palabra, abuelo. ¿Qué significa?
-Es un color parecido al rojo.
-¿Y por qué no dices rojo? –Preguntó Edwin.
-Por que la peste no era roja –repuso su abuelo-. Era escarlata. Toda la cara y el cuerpo de los enfermos se ponían escarlata en menos de una hora.
-¿Por qué no nos cuentas algo sobre la peste?- pidió Hoo, Hoo.
-Muy bien –Aceptó el anciano complacido-. En aquel tiempo había mucha gente en el mundo. En San Francisco vivían 4 millones de personas.
- ¿Qué son millones? –Interrumpió Edwin.
- Olvidé que sólo saben contar hasta diez. Bueno, millones significa mucha, mucha gente. Tanta como la arena de la playa. Como si cada grano de arena fuese un hombre, una mujer o un niño.
Los niños lo miraban asombrados.
-          El mundo entero estaba lleno de gente. El censo del 2010 dio 8 mil millones de habitantes. Entonces yo tenía 27 años y vivía del otro lado de la bahía de San Francisco, en Berkeley, en una de aquellas casas de piedra que vimos en una de nuestras excursiones. ¿Te acuerdas Edwin? Era profesor de literatura inglesa.
Aunque gran parte de las cosas que el viejo les contaba superaba su entendimiento, los niños se esforzaban por comprender esa historia del pasado.
-          ¿Para que servían esas casas de piedra? –Preguntó cara de liebre.
-Recordaras como tu padre te enseñó a nadar. Bueno, en la universidad de California (así llamábamos a esas casas) se enseñaba a los jóvenes toda clase de cosas. Yo les hablaba de los libros que otros hombres habían escrito.
-¿Y eso es todo lo que hacías? – Preguntó Hoo, Hoo-. ¿Hablar, hablar y hablar?
¿Quién cazaba para tener carne? ¿Quién ordeñaba las cabras y pescaba?
-En ese tiempo era muy fácil obtener comida. Había alimentos en abundancia; un número reducido de hombres se dedicaba a esa tarea, y los demás se dedicaban a otras cosas. Yo hablaba, hablaba constantemente y, a cambio de eso, me daban comida sabrosa y abundante. A nuestros proveedores de alimentos le llamábamos “hombres libres”, pero eso era mentira. Nosotros, la clase dirigente, poseíamos las tierras y las maquinas. Y los que nos procuraban comida eran nuestros esclavos. Del fruto de su trabajo se les dejaba lo estrictamente necesario para que pudieran seguir trabajando y produjeran cada vez más…
-Si voy a cazar al bosque – dijo cara de liebre- y alguien trata de quitarme mi alimento, yo voy a matarlo.
- Ah, pero te dije que la tierra y el bosque y todo nos pertenecía a nosotros, la clase dirigente. Y los que se negaban a producir alimento o confeccionar nuestros vestidos, se morían de hambre. Muy pocos se rebelaban. Por aquel tiempo yo era el profesor James Howard Smitt y era muy feliz. Tenía el cuerpo limpio y lo cubría con las telas más finas. Ahora nadie se lava y hace 60 años que no veo un pedazo de jabón, aunque ustedes tampoco saben lo que es eso. Pero si saben lo que es una enfermedad. Y la peste escarlata era una enfermedad. Muchas de ellas estaban causadas por gérmenes. ¿Qué es un germen? Una cosa tan pequeña que ni siquiera se puede ver.
- Eso no tiene sentido abuelo –se rió Hoo, Hoo-. ¿Cómo sabes que existen si no se pueden ver?
-Buena pregunta Hoo, Hoo. Nosotros podíamos ver los gérmenes, porque teníamos unos aparatos llamados microscopios. Que permitían ver las cosas mucho más grandes de lo que son en realidad. Cosas que no podíamos ver con los ojos. Y mirando a través de esos instrumentos, un grano de arena se veía tan grande como una roca.
Los muchachos lo miraron con incredulidad, pero el viejo siguió su relato:
-Al ser tan pequeño, un germen puede entrar a la sangre y tiene infinitos hijos. A los gérmenes los llamábamos microorganismos. Y cuando había varios millones de ellos en la sangre de un hombre, se decía que estaba infectado o enfermo. Había muchas clases de gérmenes…
- ¿Y la peste escarlata?
- Sí, sí. Por culpa de la fiebre escarlata desapareció nuestra gloriosa civilización. Y fue en el verano de 2013 cuando apareció. Primero surgió en la gran ciudad de Nueva York, pero a nadie le preocupó la noticia. Al principio ocurrieron pocas muertes, aunque éstas eran muy rápidas. Una de las primeras señales de la enfermedad era que la cara y todo el cuerpo se ponían escarlatas. Veinticuatro horas después se informó del primer caso en Chicago, otra ciudad importante. Y ese mismo día se supo que Londres, una de las principales ciudades del mundo, luchaba en secreto contra esa enfermedad desde hacía 2 semanas y no quería que el resto del mundo se enterara.
La situación parecía grave, pero todos confiábamos que los bacteriólogos, las personas de combatir los gérmenes, descubrirían el medio de destruir este nuevo microorganismo. Lo más inquietante era la rapidez con que la enfermedad mataba a las personas. Desde la aparición de los primeros síntomas, no pasaba más de un par de horas. Algunos morían a los 10 minutos. El cuerpo se descomponía en instantes. Ésa fue una de las razones por las cuales la peste se propagó con tanta rapidez. Los propios bacteriólogos morían mientras estudiaban el germen de la peste escarlata.
Por fin, un día esta terrible enfermedad se presentó en San Francisco. La primera muerte ocurrió un domingo. Entre el lunes y el miércoles ya cayeron como oscas. El jueves, por primera vez, fui testigo de una muerte. Una alumna mía, la señorita Collbran, sufrió un ataque mientras estaba sentada delante de mí, durante mi clase de literatura. Me di cuenta de que su cara iba enrojeciendo. Como ya conocíamos el azote que debíamos enfrentar, al ver esos signos todos los estudiantes, excepto  2, huyeron despavoridos del aula. La señorita Collbran tuvo unas breves convulsiones, y uno de los alumnos le trajo un vaso de agua. La muchacha bebió un sorbo y se quejó de que no sentía los pies. Al cabo de un minuto el entumecimiento se  extendió a las rodillas, junto con una sensación de frío. La insensibilidad y el frío ascendieron por su cuerpo; cuando alcanzaron su corazón dejó de existir. Era una joven sana y hermosa. Desde el primer síntoma hasta su muerte no habían transcurrido más de 15 minutos.
Habían dado la  alarma en la universidad, y los miles de estudiantes habían escapado de las aulas y de los laboratorios. Encontré al decano Hoag en su despacho. Cuando me vio, corrió tambaleante hacía una habitación interior, dio un portazo y cerro con llave. Sabía que yo había estado expuesto al contagio y no quería arriesgarse. Desde el otro lado de la puerta me grito que me fuera.
Abandoné la universidad y regresé a mi casa. En cuanto me vieron, todos mis sirvientes huyeron dando gritos de terror. Me quedé solo y en ese momento sonó el teléfono, un aparato que nos permitía hablar con otras personas a grandes distancias. Era mi hermano, que me aconsejaba permanecer aislado hasta descubrir si la horrenda peste me había contaminado. Por fortuna la enfermedad no me atacó. Me fui enterando de lo que sucedía en el mundo a través de los periódicos. Ordené que me los echaran por debajo de la puerta y así supe que todas las grandes ciudades del planeta estaban contaminadas y sumidas en el caos. La tercera parte de la policía de Nueva York había muerto, y el alcalde también. Los cadáveres yacían en las calles sin enterrar. Los trenes y los barcos que transportaban provisiones y otras cosas necesarias para la subsistencia habían suspendido sus servicios. La gente, desesperada por el hambre, saqueaba los almacenes, los depósitos y cualquier lugar donde pudiera hallar comida. El asesinato y el robo reinaban en todas partes. La gente había abandonado la ciudad y con ellos se había llevado la peste.
La última noticia que llegó de Europa decía que un bacteriólogo alemán había descubierto la vacuna contra la peste escarlata. Sin embargo, ya era demasiado tarde y resultaba evidente que en Europa ocurriera lo mismo que en América. Muchos ricos escaparon en sus aeroplanos a Hawái, pero ahí también los esperaba la peste. Luego dejaron de recibirse noticias. No hubo más periódicos ni tampoco radiotelégrafo, un maravilloso aparato que podía recibir y mandar comunicaciones a través del aire. Fue como si el mundo hubiese dejado de existir. Esto paso hace 60 años. Sé que hay territorios que fueron América, Europa, Asia o África, pero jamás volvía a tener noticias de ellos. La gente quedó aislada para siempre. Muchos siglos de cultura y civilización se derrumbaron en un abrir y cerrar de ojos.
Cuando aun funcionaba el teléfono, le dije a mi hermano que no estaba enfermo. Lo mejor sería aislarnos juntos en el departamento de química de la universidad. Había que reunir provisiones y conseguir armas para defendernos. Decidimos que él vendría a buscarme al día siguiente. Aquella noche ya no hubo luz eléctrica, y se podían oír los gritos de los saqueadores y disparos de revólver. Desde mi ventana veía los resplandores de los incendios en dirección de Oakland. Esa noche terrible no dormí ningún instante. Asesinaron a un hombre en la puerta de mi casa, y yo me arme con 2 pistolas automáticas y vigilé sentado junto a la ventana. A la mañana llegó mi hermano. Yo ya había metido en una maleta algunos objetos de valor, pero al ver su cara comprendí que la peste lo había atacado. Él todavía no se había dado cuenta de nada y al mirarse en el espejo lo supo con certeza. Me rogó que no me acercara, y enseguida comenzaron las convulsiones. Conservó la lucidez hasta el final y murió en 2 horas.
Tomé la maleta y salí. El espectáculo de las calles era aterrador. Por todas partes tropezaba con victimas agonizantes de la peste. El humo de los incendios oscurecía el cielo, había automóviles abandonados por todas partes porque se había terminado la gasolina, y en las últimas tiendas que quedaban sus dueños y sus familias se tiroteaban con grupos de saqueadores.  Después de presenciar tantas tragedias, el corazón se me había endurecido como una roca. Nadie ayudaba a nadie y cada cual intentaba salvar su propio pellejo.
Finalmente, conseguí llegar a la universidad. En el campo de deportes encontré a un grupo de estudiantes y profesores que se dirigían como yo, al departamento de química. Muchos habían traído a sus familias e incluso a sus sirvientes y niñeras. Todos estábamos armados con rifles automáticos y, en total, sumábamos cuatrocientas personas.
Una vez a salvo en el departamento de química, cerramos las puertas y almacenamos las provisiones. Luego nombramos una comisión encargada de repartirlas. No hubo inconvenientes para albergar a tantas personas, porque las dependencias del edificio eran muy amplias y cómodas. Se formaron otras comisiones organizadoras para diversos fines, y a mí me asignaron a la comisión de defensa. Aunque los disparos que se oían a lo lejos y la persistencia de los incendios nos informaban de la violencia que reinaba afuera, ningún saqueador se acerco a nuestro refugio.
Ustedes han visto esos tubos de hierro que en otros tiempos transportaban el agua para los habitantes de las ciudades. Los incendios habían reventado la mayoría y temíamos que el fuego secara los depósitos de agua. Por eso cavamos un pozo en el patio del departamento y así nos salvamos de morir de sed.
Cuando transcurrieron 48 horas sin que nadie mostrara signos de la peste escarlata, creímos que nos habíamos escapado del peligro. Sin embargo, ignorábamos que el periodo de incubación de los gérmenes era muy lento. Por tanto, al tercer día sufrimos una cruel desilusión. La noche anterior habían estallado los polvorines de Poinpinole. La tremenda explosión estremeció el edificio del departamento y rompió todo los vidrios. Esa noche me tocó hacer guardia nocturna en la azotea y desde ahí vigile los campamentos de los merodeadores. Como siempre, se oían gritos de borrachos, gemidos y disparos. Esta vez el mayor alboroto se produjo una hora después de la explosión, cuando obligaron a un grupo de enfermos a abandonar el departamento.
 Algunos cruzaron el campo de deportes e intentaron ser admitidos en nuestro refugio.
Nos negamos, y ellos empezaron a disparar. El profesor Merry Weaher, que se hallaba en una ventana, recibió un balazo entre los ojos y murió en el acto. Respondimos con una descarga y todos excepto 3 huyeron. Los restantes continuaron disparando y yo maté uno. Los otros 2, un hombre y una mujer, murieron por efectos de la peste a unos pasos del edificio.
Nuestra situación se había agravado. Los gérmenes de esos cadáveres podían llegar hasta nosotros a través de las ventanas sin vidrios. En seguida llamamos a la comisión de sanidad y se pidieron 2 voluntarios para que salieran y se llevaran los cuerpos. Eso implicaba el casi seguro sacrificio de sus vidas. Un profesor soltero y un estudiante se ofrecieron. Se despidieron de nosotros y salieron como héroes. Nunca más los vimos. Su sacrificio resultó inútil. A la mañana siguiente una niñera cayó víctima de la peste. Le ordenamos que se fuera y ella obedeció. Nos dábamos cuenta de la brutalidad de nuestra actitud, pero ¿Qué podíamos hacer? Sin embargo, esas precauciones no bastaron. Aquella tarde descubrimos 4 cadáveres y 7 apestados en una de las dependencias donde se alojaban 4 familias.
La plaga se fue propagando por todo el edificio. Las habitaciones se llenaron de muertos y moribundos y los que aun estábamos sanos, retrocedíamos piso por piso, y cuarto por cuarto, tratando de no ser tocado por la  marea de la plaga. Finalmente, a media noche, los sobrevivientes escapamos de ese cementerio con nuestras armas, municiones y una abundante provisión de conservas.
Acampamos en el campo de deportes y nos dividimos en dos grupos. Uno quedó a cargo de la vigilancia de los víveres para protegerlos de un posible ataque los saqueadores. El otro grupo, dentro del que me hallaba yo, se dirigió a la ciudad en busca de cualquier medio de transporte –automóviles, camiones o caballos- que nos permitiera trasladarnos al campo. En la ciudad nos separamos en parejas y a mí me tocó de compañero un estudiante llamado Dombey. Primero fuimos a la casa del profesor Hoyle, que había dejado su automóvil en el garaje. Pero cuando llegamos, vimos que la casa iba a empezar a arder. Un saqueador salió por la puerta cargando una bolsa en la que llevaba varios objetos de valor. Tenía sus bolsillos de su americana repletos de botellas de whisky y estaba borracho. Al vernos, fingió un saludo amistoso, pero al mismo tiempo sacó una pistola de su cintura e hizo fuego. Uno de los balazos alcanzó a Dombey, que cayó muerto. Yo también disparé y logré abatir al hombre. Enseguida corrí al garaje y conseguí salir en el automóvil, que tenía el depósito de gasolina lleno, antes de que el fuego llegara a esa parte de la casa.
Los otros exploradores no habían encontrado nada, salvo un caballo. El animal estaba tan débil que era incapaz de cargar cualquier peso. Aunque algunos propusieron que lo dejaran en libertad, yo insistí en llevarlo con nosotros para usarlo como alimento en caso de necesidad. Luego de unos rápidos preparativos, nos pusimos en marcha. Éramos 47, y había muchas mujeres y niños. En el automóvil acomodamos a varios niños pequeños, al decano de la universidad y a la anciana madre del profesor Fairmead. Wathope, un joven profesor de inglés herido de una pierna iba al volante. Los demás íbamos a pie, y Fairmead llevaba el caballo.
El cielo seguía obscureciendo por el humo de los incendios. Avanzamos hacia el sudeste, a través de la ciudad en ruinas, pero tardamos mucho en abandonar las afueras y al llegar a las primeras colinas que marcaban el límite con el campo. Las mujeres y los niños nos retrasaban. Y los hombres de aquellas épocas, ¿saben ustedes?, habían perdido la costumbre de caminar.
No conseguimos encontrar otro automóvil, a pesar de que registramos cada garaje.
Aunque la mayoría de los saqueadores había sido abatida por la peste, durante uno de estos registros un malhechor oculto en un arbusto asesinó al joven Calgan, uno de nuestro grupo. Más adelante, en una zona de hermosas residencias, la plaga atacó a Fairmead. De inmediato éste nos hizo señas de que su madre no debía de enterarse y se alejó en dirección de una de las mansiones.  A lo largo del día otros 5 corrieron la misma suerte. Acampamos al atardecer, sin haber conseguido salir de la ciudad. Durante la noche otros 10 murieron. Y por la mañana sólo éramos 30. En cuanto reanudamos la marcha, la esposa del decano de la universidad mostró los signos fatales de la enfermedad. No dudó en apartarse de nosotros para que siguiéramos adelante, y su esposo insistió en quedarse con ella.
Aquella noche acampamos ya en pleno campo. 11 habían muerto a lo largo del día y otros 3 murieron durante la noche. Además, mientras dormíamos, Wathope aprovechó para escapar en el automóvil junto a su madre, su hermana y casi todas las provisiones. Sólo quedábamos 11.
Al día siguiente vi el último aeroplano.  La maquina daba vueltas en el cielo sin rumbo fijo. ¿Algún desperfecto? Imposible saberlo. Luego de unos momentos empezó a descender en picada, el depósito de gasolina estalló, y por fin el avión se estrelló detrás de unas colinas. Desde entonces no he vuelto a ver otro. Muchas veces, durante los años que siguieron, miraba el cielo con la esperanza de ver algún aeroplano, un indicio que me anunciara que en alguna parte había sobrevivido un fragmento de la antigua civilización. Pero no fue así: lo que ocurrió en San Francisco también se repitió en el mundo entero.
Pasó otro día, y sólo quedamos 3 sobrevivientes. Unas millas más adelante encontramos el cadáver de Wathope dentro del automóvil destrozado. A un costado de la carretera desierta, estaban los cuerpos de su madre y su hermana. Esa noche, agotado por tantos esfuerzos, dormí profundamente. Y al despertar, me hallaba solo en el universo, junto con un caballo.
Nunca pude explicarme por qué no me contagie l peste escarlata. Durante dos días me refugié en un busque. Me sentía angustiado al pensar que, en cualquier momento, podía enfermarme. Sin embargo, descansé, y me alimenté bien y recuperé las fuerzas. Lo mismo le pasó al caballo, y al tercer día ya pude montarlo. Nos internamos por un territorio desolado. No encontramos ningún ser humano con vida, sólo repugnantes cadáveres. Pero la comida abundaba. La tierra no estaba, como ahora, cubierta de bosques y malezas; había gran cantidad de campos cultivados; así yo podía recolectar verduras y fruta en las granjas que hallaba en el camino. También conseguí huevos, pollos y una buena provisión de conservas en las despensas de las casas.
Con los animales domésticos ocurrió un cambio muy extraño: se fueron volviendo salvajes y empezaron a devorarse los unos a los otros. Las primeras víctimas fueron las gallinas y los patos. Los cerdos se adaptaron con facilidad a la nueva vida, al igual que los gatos y los perros. Estos últimos terminaron convirtiéndose en una verdadera plaga.
Devoraban los cadáveres y aullaban toda la noche. De día se escondían en guaridas. Al principio andaban solos, desconfiaban de sus congéneres y casi siempre peleaban entre sí. Luego comenzaron a juntarse y formar manadas. Las distintas razas desaparecieron; los más débiles y pequeños fueron exterminados por los demás, y las especies de mayor tamaño también se extinguieron. En cambio, las de tamaño medio lograron adaptarse mejor, y de ellos provienen los perros lobos que ustedes conocen. Los caballos también volvieron a su estado salvaje y degeneraron en una raza única, pequeña y peluda. Algo parecido sucedió  con las vacas, las ovejas y las palomas.
A medida que transcurría el tiempo, crecía mi deseo de encontrarme con los seres humanos. Cada vez me sentía más solo. Crucé el valle de Livermore y atravesé las montañas del valle que los separan del valle de San Joaquín. Ustedes no lo conocen; es muy grande y está habitado por cientos de miles de caballos salvajes.
 En mi camino vi varias ciudades que no habían sido destruidas por el fuego y supuse que los saqueadores no habían llegado a esas regiones. Pero no hallé a nadie con vida, solo cadáveres apestados. Cerca de Lathrop recogí a 2 perros que se unieron a mí de buena gana. Ellos me hicieron compañía durante muchos años, y de ellos nietos míos, descienden sus perros. Finalmente arribe a un maravilloso valle llamado Yosemite. Ahí había un hotel donde descubrí una enorme cantidad de conservas. En los alrededores abundaba la casa y el río estaba repleto de truchas. Por tanto, permanecí 3 años en ese sitio, en la soledad más absoluta. Pero llegó un momento en que ese aislamiento me resultó intolerable. Iba a enloquecer. Yo era un animal sociable, como el perro, y necesitaba vivir en compañía de otros de mi especie.
Después de mucho pensar, concluí que si yo había logrado escapar de la peste escarlata, seguramente habría otros sobrevivientes. Por otro lado, supuse que, al cabo de 3 años, los gérmenes que causaban la enfermedad debían de haber desaparecido, y que el mundo estaba libre de peligro. Así que partí de nuevo, montado en mi caballo, y seguido por mis 2 perros. Crucé otra vez el valle de San Joaquín, atravesé las montañas y bajé al valle de Livermore. Encontré la región totalmente cambiada.  Las tierras cultivadas habían sido cubiertas por espesos bosques y toda clase de vegetación silvestre. Los coyotes se habían multiplicado de un modo extraordinario y en ese viaje fue cuando encontré lobos por primera vez.
En el lago Temazcal, cerca de lo que había sido la ciudad de Oakland, me topé con los primeros seres humanos. ¡Ay, como podría describirles la alegría que sentí al distinguir el humo de una hoguera! Y mientras bajaba a caballo por la ladera de la colina, oí el llanto de un niño. Aun así en yardas de distancia, vi a un hombre pescando a la orilla de un lago. Detuve mi caballo y lo saludé, pero no me respondió. Por un momento creí que se trataba de una alucinación. Sin embargo, el hombre por fin habló:
-¿De dónde demonios vienes?
Esas fueron sus palabras exactas y a mí me parecieron las más dulces que había escuchado en mi vida. Bajé del caballo, nos estrechamos las manos y yo no puede contener las lágrimas. Sí, me habría gustado abrazarlo,  pero el tipo era un perfecto bruto, un hombre de lo más antipático. ¿Cómo se llamaba? He olvidado su nombre, pero le decían chofer, por su antigua profesión, que consistía en manejar automóviles de otras personas y en componer esas máquinas. Y éste es el nombre que perduró, y por eso la tribu que fundó se llama la tribu de los choferes.
Era un individuo malvado y violento. Fue una injusticia que la peste escarlata lo perdonara y, en cambio, matara a cientos de millones de seres mucho mejores que él. Luego de contarle mi historia, lo acompañé a su campamento y ahí conocí a su mujer: era Vesta Van Warden, la joven esposa del poderoso banquero John Van Warden. Me costó reconocerla, porque vestía harapos, y tenía las manos encallecidas y cubiertas de cicatrices por los duros trabajos que se veía obligada a hacer. Su millonario esposo había sido el presidente del consejo de magnates Van Warden no sólo era el amo de América, sino que, como miembro de la comisión internacional de naciones, también era uno de los 7 hombres que regían el mundo. Vesta, por su parte, procedía de un linaje igualmente poderoso. Philip Saxon, su padre, había sido el presidente del consejo de magnates hasta su muerte. Si hubiese tenido un hijo varón, sin duda éste habría heredado el cargo; pero solo tenía a Vesta, y cuando ella y John Van Warden se casaron, Saxon lo designó como su sucesor. Estoy seguro que fue un matrimonio político y de que Vesta jamás amó a su esposo.
¡Y ahora esa mujer estaba cocinando un guiso de pescado en una olla mugrienta! Su historia era muy triste. En cuanto se declaró la epidemia, Van Warden la había enviado a una de sus mansiones, situada en una de las colinas que dominan la bahía de San Francisco. Una multitud de guardias armados impedían el paso a la propiedad. Y las provisiones, las cartas u otras cosas eran fumigadas antes de entrar. Sin embargo, la peste escarlata se abrió paso y mató a todos los guardias y sirvientes de la casa. De ese modo, Vesta descubrió que era la única persona viva en ese fúnebre palacio.
El chofer era uno de los sirvientes de Van Warden. había huido y regresó a la mansión después de unos meses. Encontró a Vesta en un pabellón del parque; al verlo, ella se asustó y trató de escapar hacía la montaña, pero él la alcanzó y le dio una paliza con sus terribles puños. Desde entonces se convirtió en su esclava y debió obedecerlo en todo. Ella, que había sido criada como una reina, se encargó de recoger la leña para el fuego, de encenderlo, de cocinar y de los trabajos más degradantes. El chofer pasaba todo el día sin hacer nada, excepto cazar y pescar.
-          Sí –interrumpió cara de liebre-. Recuerdo al chofer. Mi padre se casó con su hija y nos pegaba a todos. A mí también, aunque era muy pequeño. ¡maldito animal!
-          Ahora recuerdo su nombre –dijo el abuelo-. Se llamaba Bill… Bill el chofer. Y sólo la destrucción de la civilización hizo posible que una maravillosa mujer como Vesta se convirtiera en su esposa. Una mañana en que él se fue a pescar, ella me suplicó que lo matara. Pero el chofer era muy fuerte y yo le temía. Más tarde hablé con el miserable y le ofrecí mi caballo y los 2 perros a cambio de Vesta. Él se negó, se rió en mi cara. Me dijo que antes de la peste escarlata era un sirviente y debía soportar humillaciones por parte de gente como ella y yo.
-            Ustedes y todos los de su clase la pasaban muy bien en aquellos tiempos –dijo- y yo obedecía todas sus órdenes como un esclavo. Ahora es mi turno de vivir bien y los 2 harán lo que yo les diga. ¿Entendiste Smith? Y si intentan escapar, les retorceré el pescuezo a los 2.
¿Qué podía hacer yo? Él era mucho más fuerte, y más de una vez me tocó presenciar como maltrataba a la pobre Vesta sin atreverme a intervenir. A ella le gustaba conversar conmigo. Las 3 semanas que pase en el campamento de chofer fueron un infierno.
Una tarde me reveló que unos meses atrás, mientras vagabundeaba por unas colinas vecinas, había distinguido el humo de una hoguera. Creo que me dio esa información porque temía mi influencia sobre Vesta y deseara que me fuera. Yo partí de inmediato con mi caballo y mis perros en la dirección que me había señalado. Al llegar a la cima de las colinas no vi ninguna señal de humo, baje por la ladera opuesta y descubrí una embarcación en Puerto Costa, amarrada a la orilla. En ella me embarque con mis animales, y un pedazo de lona sirvió de vela. El viento del sur me impulsó hasta las ruinas de Vallejo y en las afueras encontré restos de un campamento abandonado. Como supe más adelante, se trataba de la tribu de los Santa Rosa, y yo seguí sus huellas a lo largo de la antigua vía del ferrocarril, que llega al valle de Sonoma.
En ese valle los alcance cerca de una vieja fábrica de ladrillos. Sumaban 18 personas. 2 eran ancianos; y había 3 jóvenes: los granjeros Cardiff y Hale, y Wainwright, un jornalero. Los 3 estaban casados. Hale, un individuo duro e inculto, había conseguido a una de las mujeres más bellas de California: la célebre cantante Isadora, que se encontraba de gira en San Francisco cuando se desató la peste. Luego de hablar con ella durante varias horas me convencí de que Hale era un buen hombre y de que ella se sentía feliz a su lado. Las esposas de Cardiff y Wainwrigth eran robustas muchachas campesinas acostumbradas a las labores mayores, así que se adaptaron sin problemas a su nueva vida. El grupo se completaba con 2 pacientes adultos del manicomio de Napa, 7 niños nacidos después de la fundación de la tribu y 1 mujer llamada Bertha. Yo me casé con ella; Bertha resultó una buena esposa y fue la madre de tu padre, Edwin, y el del tuyo, Hoo- Hoo. Y nuestra hija mayor, Vera, se casó con tu padre, cara de liebre, que se llamaba Sandow y era el primogénito de Vesta Van Warden y el chofer.
Así me convertí en el decimo noveno miembro de la tribu de los Santa Rosa. Después solo se unieron otras 2 personas. Uno de ellos fue Mongerson, descendiente de los magnates. Había huido en un aeroplano y durante 8 años erró solitario por los desiertos del norte de California. Luego avanzó en el sur y nos encontró. Debió esperar 12 años para casarse con Mary, mi segunda hija. El otro miembro nuevo se llamaba Johnson, que fundó la tribu de Utah. De ese lejano lugar procedía él y llegó a California 27 años después de la peste escarlata. Nos contó que en Utah, por lo que sabía, sólo sobrevivieron otros 2 hombres además de él. Durante muchos años los 3 cazaron y vivieron juntos hasta que decidieron salir en busca de mujeres para que la especie humana no se extinguiera. Se dirigieron por el oeste hacía California, pero Johnson fue el único que consiguió atravesar el gran desierto. Sus otros 2 compañeros murieron.
Johnson tenía 47 años cuando se reunió con nosotros; se casó con la curta hija de Isadora y Hale; su hijo mayor se casó con tu tía, cara de liebre, que era la tercera hija de Vesta y el chofer.
Además de esas 3 tribus, solo conozco otras 2: la de los Ángeles y la de los Carmelitos. Ésta última fue fundada por un banquero mexicano llamado López, que se casó con la sirvienta de un hotel. Nos pusimos en contacto con ellos 7 años después de mi llegada a la tribu de Santa Rosa. Creo que ahora, nietos míos, la tierra debe de tener alrededor de 300  ó 400 habitantes. Johnson fue el último ser humano en venir por aquí. Claro que siempre existe la posibilidad de que allá otras tribus diseminadas en cualquier otra parte del mundo. Yo soy el último de los sobrevivientes de la peste que conoció las maravillas de los tiempos pasados.
Todavía me cuesta aceptar que el hombre allá retrocedido a un estado de salvajismo primitivo después de tantos siglos de civilización. Sin embargo, las tribus se multiplican con rapidez. Y pronto seremos tantos, que algunos partirán hacia otras regiones, a fundar nuevas tribus. Sí, dentro de muchas generaciones el hombre volverá a habitar todo el continente Americano. Pero la tarea de reconstruir la civilización será muy lenta. ¡si al menos se hubiese salvado algún científico! ¡un físico o un químico nos habría resultado de gran ayuda! Pero no fue así, y hemos olvidado la ciencia. El chofer había empezado a trabajar el hierro y construyó la fragua que hoy usamos. Por desgracia, era muy perezoso y ni siquiera se molestó en enseñarnos lo que sabía sobre mecánica y metales. En cambio, se dedicó a 2 cosas: a la plantación del tabaco y a la fermentación de las bebidas alcohólicas. Con esas bebidas se emborrachaba, y una vez, estando ebrio, mató a la pobre Vesta.
Ahora, nietos míos, dejen que los prevenga de los curanderos. Aunque ellos se dicen “doctores”, son unos embusteros y constituyen una parodia de lo que en los antiguos tiempos fue una noble profesión: la de médico. Fomentan la superstición y la ignorancia. Vean, por ejemplo, a ese joven llamado visco, que vende encantamientos contra las enfermedades y amuletos para una buena caza. Es un farsante, al igual que todos los curanderos. Por eso es necesario recuperar el saber antiguo y por eso yo insisto en repetirles ciertas cosas que deben recordar para luego repetirlas a sus hijos. Ellos deben enterarse de que cuando el agua se calienta por medio del fuego se convierte en una sustancia maravillosa llamada vapor, que es más poderosa que 10 mil hombres. Y esa fuerza se puede emplear para realizar toda clase de trabajos. También la electricidad, otra fuerza que estuvo al servicio del hombre, algún día volverá a estarlo. Y el alfabeto es una invención muy diferente, pero igualmente valiosa. Permite comprender el significado de los signos impresos en los libros, que contienen grandes conocimientos. Por eso yo he guardado una gran cantidad de libros en la cueva de la colina del telégrafo, junto con un alfabeto y una clave explicativa. Tengo la esperanza de que algún día el hombre aprenderá a leer de nuevo y así recobrará la sabiduría perdida.
Y, sin duda, otro legado que se descubrirá en el futuro será la manera de fabricar pólvora, que permite matar a grandes distancias. Sí, la pólvora vendrá, porque nada puede detener a la historia y la historia se repite una y otra vez. La humanidad empezará de nuevo sus luchas y morirán millones en guerras, como en el pasado. ¿Cuál es entonces, la utilidad de la civilización? No lo sé. Todavía falta mucho para saberlo. Quizá transcurrirán 20, 40 ó 50 mil años. Todo pasa; lo único que permanece es la fuerza cósmica y la materia. Y de su fusión, me temo, siempre renacerán las 3 figuras eternas: el sacerdote, el soldado y el rey. Algunos dominarán y otros obedecerán. Aunque yo destruyera todos los libros de la cueva, el resultado sería el mismo.
Cara de liebre se levantó de un salto, miró el sol que se levantaba por el horizonte y las cabras que seguían pasando.
-          ¡Vamos! – le dijo a Hoo-Hoo-. Éste viejo me tiene arto. Siempre repite las mismas tonterías. Volvamos al campamento.
Cara de Liebre, Hoo-Hoo y los perros reunieron las cabras. Luego se encaminaron por el sendero de la vía del ferrocarril, se internaron en el bosque y se perdieron de vista. Edwin se quedó junto al anciano y, mientras lo conducía en la misma dirección, vieron un grupo de caballos que galopaban por la playa.
-Es la primera vez que los veo aquí –dijo Edwin-. Los pumas de las montañas los están empujando hacia el mar.
El anciano salió de su ensimismamiento y asintió. Estaba oscureciendo, y los dos se volvieron para proseguir su camino hacia el bosque.

ENFERMEDADES INESPERADAS:


ENFERMEDADES INESPERADAS:
AH1N1
Irene Romero Nájera
En esta época que estamos viviendo, nos encontramos constantemente con mayores riesgos que atentan contra la vida humana y la salud. No es extraño que aparezcan nuevas enfermedades asociadas a virus o bacterias. Sobre todo si tomamos en cuenta la evolución natural de las especies y, en particular, la situación de deterioro ambiental que estamos experimentando en todo el planeta.

En la actualidad existe en nuestro país la manifestación de un virus que ha puesto al mundo de cabeza: entre vuelos cancelados y extranjeros en cuarentena, tanto la economía mundial como el  sentimiento de rechazo en otros países han propiciado un ambiente de malestar y resentimiento. A lo largo de la historia, el ser humano ha luchado batallas extenuantes contra la selección natural que opera en todas las especies, en todos los continentes y en todos los ambientes. Con la tecnología y los avances científicos hemos sido capaces de salir adelante ante la presencia de algunos desastres naturales, entre los que se encuentran inundaciones, huracanes, erupciones volcánicas, terremotos, etc., y el surgimiento de enfermedades no es la excepción. Recordemos, por ejemplo, un caso que provocó grandes pérdidas humanas: la peste bubónica o peste negra que se extendió por Europa en la Edad Medio entre los años 1348 y 1361. Esta enfermedad se transmitía el piquete de pulgas, y las ratas eran las principales portadoras de este insecto. La infección, que atacaba tanto a humanos como a ratas, era causada por bacteria que circulaba en el torrente sanguíneo. Ésta ocasionaba altas temperaturas y muerte envenenamiento en la sangre o septicemia. Debido a la cercanía que tenemos con las ratas, se favoreció el transporte de pulgas entre estos roedores y los humanos, lo que llevó a la rápida propagación de la peste en todo el continente. La enfermedad en los humanos ocasionó en promedio la muerte de 60% de los casos reportados y, en algunas regiones, se alcanzaron cifras de hasta 90% de mortandad. En la actualidad, esta plaga se considera extinta, debido a las vacunas y a los antibióticos que se crearon para combatirla.

Con los antecedentes que tenemos de otras epidemias, cuando apareció en nuevo virus de influenza A H1N1, en algunos estados de la República Mexicana se aplicaron varias medidas que se denominaron de contingencia sanitaria, para proteger a la población.
¿Qué es una contingencia sanitaria?
Empecemos por definir cada una de las palabras que forman esta frase; según el DRAE, contingencia es la posibilidad o riesgo de que suceda una cosa. Por ejemplo, que el parto se adelante es una contingencia que debemos tener en cuenta. También se considera un hecho o problema que se plantea de forma imprevista. Por ejemplo, hay que estar preparados ante cualquier contingencia.
En cuanto a sanitaria, se refiere a la sanidad y sus prácticas, al aseo e higiene personal como la desinfección de baños públicos, por ejemplo.
Juntando los significados de ambas palabras, podemos concluir que contingencia sanitaria es la implementación de medidas higiénicas preventivas para reducir el riesgo de que se presente una situación peligrosa en materia de salud y que ésta se salga fuera de control.
En este caso, se trata de evitar que la influenza A H1N1 se siga esparciendo en la población humana de manera descontrolada ya que, al ser un virus nuevo, apenas se están llevando a cabo las investigaciones pertinentes para conocer sus mecanismos de operación, su procedencia y la manera de combatirlo. Si existiera una vacuna preventiva, los riesgos de una epidemia, sino que estamos presenciando lo que se conoce como “pandemia”. La diferencia entre epidemia y pandemia es que la primera ataca a los habitantes de un mismo territorio, mientras que la segunda se extiende a otros países. A fin de evaluar el riesgo de una epidemia a nivel mundial, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha establecido ciertos criterios para clasificar las fases de alerta de acuerdo con el nivel de contagio de la enfermedad.

¿Qué significan las fases de alerta?
La fase de alerta mundial en la que nos encontramos para la influenza mencionada es el nivel seis, según la clasificación de la OMS. Estas fases van cambiando conforme para el tiempo en que dicho agente está presente y circulando dentro de la población. Tomando en cuenta que los virus y bacterias circulan de manera natural en todas las especies, es común que un organismo sea el vector o transportador de éstos. De esa manera, se mueven y esparcen a diferentes lugares y a otros seres vivos. Debido a la mayor movilidad que tienen las aves, éstas han sido los principales transportadores de enfermedades desde tiempos remotos. Sin embargo, no sólo ellas son transmisoras, también lo son otros organismos como los mosquitos, las ratas, las garrapatas y muchos más.
En cuanto al virus de la influenza, se sabe que circula constantemente entre animales, en especial en las aves. A partir de este hecho, se analizaron y elaboraron las siguientes fases de contagio.
·         Fase 1: La infección sucede entre animales y no se transmite a humanos
·         Fase 2: La infección se transmite entre animales domésticos y animales silvestres, aunque se pueden reportar algunos casos de transmisión a humanos.
·         Fase 3: La infección se transmite de animales a humanos, pero no es lo suficientemente poderosa como para transmitirse entre humanos, aunque pueden reportarse casos aislados de contagio entre los miembros de una misma familia. Sin embargo, los datos de infección no indican un riesgo potencial de convertirse en pandemia.
·         Fase 4: La infección se transmite entre humanos y suele provenir de contagios con animales o de humanos que se infectaron previamente con animales. La alerta en este caso es a nivel de comunidad.
·         Fase 5: La infección se esparce entre humanos de al menos dos países en una sola región. En esta fase la señal que se produzca una pandemia es inminente y se deben llevar a cabo las medidas de sanidad que correspondientes para frenarla hasta donde sea posible.
·         Fase 6: La infección está en fase de pandemia en la que se manifiestan brotes a nivel comunidad en varios países de diferentes regiones.
El ciclo de las epidemias y pandemias suele presentarse por oleadas en las que habrá un pico máximo de contagios; éstos irán disminuyendo hasta convertirse en infecciones estacionales, como ya sucede con la influenza tipo A y B, que normalmente se presentan en invierno. Cuando se haya reducido el contagio de la influenza porcina, se espera que ya exista una vacuna y medicamentos al alcance de todos. De esta manera, se controlará una enfermedad más de las varias que han existido a lo largo de nuestra historia.
¿Cómo pasó el virus de los animales a los humanos?
Uno de los mecanismos que tienen los organismos para cambiar y adaptarse a su entorno es la mutación. Una mutación es la modificación de la información genética. La nueva modificación se transmite a la descendencia de generación en generación y, por lo general, suele tardar varios años hasta que logra fijarse de manera definitiva en una población.
En algunas ocasiones, esta modificación puede ser perjudicial, como en el caso de enfermedades y síndromes que se presentan en los humanos, por ejemplo, el síndrome de Down. Sin embargo, en otras resulta beneficiosa, como ha sucedido en varias especies a lo largo de la su historia evolutiva, donde han tenido que cambiar ciertas características para sobrevivir, por ejemplo, a las inclemencias del tiempo en entornos hostiles como los polos norte y sur o los desiertos. Así, el pelaje de los osos polares fue cambiando hasta hacerse muy abundante y grasoso para resistir el frío: o el color de piel en la raza negra, que cambiando de tonalidad hasta hacerse oscuro para tolerar exposiciones solares intensas.
Cada mutación suele hacer a los virus más fuertes y resistentes a las condiciones adversas que se puedan presentar, como un medicamento que lograra aniquilarlo. Además, el tiempo en que tarda en fijarse la mutación suele ser muy rápido: en dos o tres generaciones del virus ya estará codificada la información para replicarla con dicho cambio en una nueva cepa.
En el caso del virus de influenza A H1N1, el humano se lo transmitió al cerdo, en el cerdo mutó y lo devolvió a los humanos como una nueva cepa. La afinidad genética que tenemos con los cerdos propició que el virus pasara rápidamente a los humanos de nueva cuenta. Adicionalmente, el contacto directo que tenemos con estos animales desde que fueron domesticados (alrededor del año 7000 a.C.) facilitó aún más la transmisión.
¿Estamos ante una amenaza mortal?
Hasta donde han informado las autoridades correspondientes, el virus tiene cura. Sólo hay que estar pendientes de sus primeros síntomas para acudir al servicio médico e iniciar el tratamiento. Así que aunque se presenten los síntomas no hay que tener miedo, simplemente no debemos esperar hasta que se compliquen más. La manera en la que han muerto personas es por una complicación en los pulmones conocida como neumonía. La neumonía es una inflamación de los pulmones o parte de éstos ocasionada por virus o bacterias. La presencia de algún agente infeccioso estimula la producción de mucosas que se van acumulando y obstruyendo las vías respiratorias hasta ocasionar una asfixia paulatina en la que no llega el oxígeno suficiente al cerebro y entonces éste deja de funcionar.
El mayor riesgo está entre las personas de bajos recursos y comunidades rurales marginadas y que, por ello, no tienen acceso a servicios médicos y a la información de manera oportuna. No sólo eso, sino que además son personas que debido a su pobre alimentación, usualmente están desnutridas y con un sistema inmunológico deficiente. Los agentes infecciosos suelen atacar a los organismos más débiles; en este caso, este grupo de individuos son su principal blanco ya que su organismo no podrá defenderse ante dicho ataque.
¿Cuáles son los síntomas de la enfermedad?
Los síntomas que se presentan con mayor frecuencia son los siguientes:
·         Fiebre alta
·         Tos
·         Dolor de garganta
·         Flujo nasal
·         Dolores en el cuerpo
·         Dolor de cabeza
·         Escalofríos
·         Fatiga
También se han reportado casos esporádicos de la presencia de vómito y diarrea.
Datos científicos
Según un artículo publicado en la revista Science, se tiene un panorama aproximado acerca de la situación actual del virus A H1N1. En mayo de 2009 se reportaron en México 11 357 casos probables de infectados con el virus, de los cuales 822 fueron confirmados. Posiblemente estos datos estén subestimados debido a que las autoridades de salud se enfocaron nada más en los incidentes más graves. Asimismo, los casos graves en adultos mayores de 60 años pueden ser difíciles de diagnosticar por la alta tasa de enfermedades respiratorias que se presenta en este grupo de individuos. Por otro lado, también hubo muertes de individuos que potencialmente se debieron al virus, pero no se analizaron; o por el caso contrario, casos que murieron antes de saber el diagnóstico y que fueron contabilizados como parte del grupo de muertes causadas por el virus.
En general, los primeros resultados de las investigaciones muestran que:
·         Varias muestran biológicas que se tomaron estaban incompletas.
·         La cadena del nuevo virus de influenza es similar a las cadenas del virus estacional.
·         Los datos obtenidos en la población La Gloria, Veracruz, indican que 616 individuos de una población de 1575 habitantes tuvieron una infección respiratoria aguda entre el 15 de febrero y el 14 de abril. En este mismo poblado se pudo observar que el ataque del virus variaba según la edad: 61% de los afectados tenían menos de 15 años de edad, mientras que 29% fueron mayores de esta edad. La tasa de ataques en La Gloria es comparable con la tasa observada en otras pandemias.
·         Es necesario evaluar los costos económicos y sociales que las medidas de contingencia sanitaria conllevan, como el cierre de clases contra el número de vidas salvadas por esta medida precautoria.
·         Es importante resaltar que los antivirales necesarios para combatir el virus están disponibles; sin embargo, también hay que monitorear su uso debido a que el virus puede desarrollar cierta resistencia ante estos medicamentos.
·         Se tiene que optimizar el estudio, diseño y protocolo de vigilancia. Es necesaria que aporten una mejor información para estimar los factores desconocidos que se presentan ante la manifestación de una epidemia.
·         Los organismos responsables de la salud pública tendrán que proveer información científica detallada en cuanto a la transmisión del virus en casa y en las escuelas para evitar ataques de histeria entre la población.
·         Los datos obtenidos de México y de otros países han permitido entender el origen, la extensión, la transmisibilidad y la gravedad de la actual pandemia. Sin embargo, aún no se conocen otros aspectos, como los periodos de incubación y los periodos infecciosos.
·         En tanto que la epidemia se siga esparciendo, la gravedad podrá variar en cada país dependiendo de los recursos que se tengan en el cuidado de la salud y de las medidas que adopte cada institución de salud pública para mitigar el impacto. Adicionalmente, lo peligroso del ataque puede variar de acuerdo con la susceptibilidad de la gente en cada región.
·         La evolución del virus en cuanto a transmisibilidad, antigenicidad, virulencia y resistencia antiviral de éste o cualquier otro virus de influenza es difícil de predecir. En la medida en que las instituciones de salud pública obtengan una mayor cantidad de datos epidemiológicos, se podrán elaborar modelos con diferentes escenarios y contextos para guiar los esfuerzos y las medidas preventivas que deberán ponerse en práctica en cada región o país.

¿Qué podemos hacer desde la escuela para evitar el contagio?
Hay varias medidas de prevención que incluso se han anunciado repetidamente en la televisión. Lo importante es saber que la transmisión se produce por contacto humano, no se trata de que el virus esté en el ambiente, sino que el contagio se produce por medio de la saliva, el sudor o los restos de piel.
A continuación se presenta una lista con las recomendaciones más relevantes que se pueden llevar a cabo dentro de la escuela, la mayoría de ellas propuestas por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM):
1.       Limpieza exhaustiva y desinfección con agua, cloro y jabón de aulas, cubículos, sanitarios, pasillos, auditorios, cafeterías y espacios de todos y  cada uno de los planteles.
2.       Elaboración de diversas guías informativas que orienten a los alumnos, académicos, profesores, trabajadores, usuarios y visitantes.
3.       Mantenerse permanentemente informado del curso de la situación y de las acciones por emprender.
4.       No saludar de mano de beso a otras personas.
5.       Cubrirse la boca al toser o estornudar, ya sea sobre el ángulo interno del codo, o sobre un pañuelo desechable que deberá tirarse dentro de un contenedor de basura que tenga bolsa de plástico.
6.       Evitar escupir.
7.       Lavarse las manos con jabón tan frecuentemente como sea posible. Después de utilizar transporte público, lavarse las manos al llegar a la escuela y a la casa.
8.       Evitar tocarse la cara (nariz, ojos y boca) para impedir la transmisión de gérmenes.
9.       Evitar actividades grupales distintas de las clases. Regresar a casa en cuanto se terminen las actividades escolares del día.
10.   Evitar compartir útiles y equipo escolar, así como artículos personales como el teléfono celular, plumas, lápices, unidades USB, audífonos, entre otros.
11.   Evitar el contacto con la gente enferma de influenza A. Si se presentan síntomas de la enfermedad, no asistir a clases, informar a alguno de los profesores o autoridades del plantel y consultar al médico.
12.   En caso de que algún compañero –alumno, profesor o trabajador- presente signos o síntomas de enfermedad respiratorias, recomendarle que asista al médico y avisar a las autoridades de la escuela para monitorear y dar seguimiento a posibles casos de influenza A.
13.   Evitar traer mascotas a las instalaciones de trabajo.
14.   Evitar comer dentro de las aulas, salones de usos múltiples y laboratorios.



domingo, 23 de septiembre de 2012

FISICA EN EL BILLAR


FISICA EN EL BILLAR

Paco ignoraba que mi familia posee una larga historia de buenos jugadores con las “esferas de marfil” y aunque yo soy la excepción en la práctica, en teoría me defiendo bien. Pero a decir verdad, dominar solamente esto último casi nuca sirve de mucho. Paco suponía que mi papá no vería con buenos ojos que su vástago fuera a jugar billar.
Es muy curioso el comportamiento social que tenemos hacia este juego: poseer una mesa de billar en casa es reflejo de un aceptable estatus social, pero ir a un establecimiento a jugar en muchas ocasiones es indicativo de lo contrario.
La imagen que se tiene de los lugares donde se practica billar no es muy favorable. Muchas veces los billares son sitios donde se apuesta aunque esté prohibido, se fuma en exceso, se vende licor.  Y aunque no debemos negar que en ciertos locales de las grandes ciudades y en muchos pueblos del país sí llegamos a encontrar con estos ambientes extremos, también es cierto que existen muchos sitios para la práctica de este juego con un buen ambiente. Hay tantos de un tipo como de otro.
Es una lástima que un juego tan hermoso, con historia, con jugadores de leyenda, con partidas memorables y para el cual se requiere una habilidad muy especial porque se aplican ciertas reglas de física y de matemáticas, sea visto por algunas personas como algo vulgar, cuando puede ser tan sana esta práctica como ir al cine o salir al parque a jugar futbol. No nos neguemos la posibilidad de practicarlo nosotros. Busquemos las opciones en dónde jugarlo. Y para que el interés crezca, deseo compartir con ustedes algunos “trucos” que se necesitan para dominarlo, aunque debemos estar conscientes, como dije, que la práctica hace al maestro.
ALGUNAS REGLAS Y DEFINICIONES
·         Se llama taco al palo con el que se golpean las bolas
·         La punta del taco que hace tacto con la bola se denomina botana
·         La tiza es un gis comprimido de tono azulado que se unta en la botana antes de efectuar cualquier otro tiro. El propósito es que la bola siempre se dirija en la dirección que coloquemos lo largo del taco. De lo contrario, la bola se puede ir “chueca”. En términos físicos decimos que la tiza aumenta la fricción entre la bola y la botana. Todos los tiros que se explican en este artículo deben realizarse con tiza en la botana.
·         Existen dos formas clásicas para el juego del billar: una con 6 hoyos en la mesa, denominados buchacas. La finalidad de esta forma es pegarle con el taco a una bola para que golpee a las demás, que pueden ser hasta 15, para introducirlas en las buchacas. Este estilo se denomina pull. La otra modalidad es con la mesa lisa, sin hoyos. Aquí el propósito es golpear forzosamente con una bola a otras dos. A esta modalidad se le denomina carambola.
·         En ambos estilos de juego, las bolas deben poseer el mismo tamaño y la misma masa; no puede haber ni siquiera una diferente.
·         Se le denomina paño a la tela que cubre la mesa del billar donde se desplazan las bolas (ver ilustración: Elementos para jugar billar)
·         Las bandas son los lados de la mesa rectangular de billar. No consisten en paredes verticales, sino que tienen cierta inclinación hacia dentro (ver figura I)


SOBRE LAS CARACTERISTICAS DE LAS BOLAS DE BILLAR
Las bolas son de un material que permite, cuando chocan, un buen rebote entre ellas. Este tipo de colisiones se denominan elásticas. Ejemplo de una colisión inelástica serán dos bolas de plastilina que al encontrarse se mantendrían unidas después del impacto.
En un choque elástico de frente de dos cuerpos idénticos (donde el centro del primero se dirige exactamente hacia el centro del otro) se intercambian los estados en los que se encuentran antes de la colisión. Es decir, si un cuerpo A en movimiento choca de frente contra un cuerpo B en reposo, después del choque, el cuerpo A permanecerá en reposo y el B en movimiento.

Caso muy diferente si uno de mayor masa choca contra uno de menor en reposo, porque ambos se moverán en la misma dirección; contrario que cuando se impacta uno de menor masa contra uno de mayor en reposo, porque el primero rebotará.

Deberíamos deducir, por lo anterior; que las bolas de billar, al chocar, intercambian estados, pues se trata de cuerpos con la misma masa. Pero muy extraño que parezca, pueden suceder cosas diferentes gracias a los “efectos” que se le apliquen a la bola que pongamos en movimiento inicialmente con el taco. Por comodidad le llamaremos siempre bola blanca.
Una bola puede ser golpeada con el taco en muchos lugares diferentes: en el centro, arriba, abajo, a la derecha o a la izquierda de este punto.
Cuando la bola blanca es golpeada en el centro, sólo le imprimimos un movimiento hacia delante en la misma dirección en que coloquemos lo largo del taco, pero no le proporcionamos giro. Se  desplazará algunos centímetros sin girar y posteriormente girará por la fricción con el paño, por el contacto con él. Esto es, alrededor de 15 o 20 centímetros –depende de la fuerza del golpe con el taco- se moverá sin rodar. Pasando esta distancia, tendrá dos movimientos, el del desplazamiento hacia delante y del giro, como lo tienen las llantas de las bicicletas al andar. Si antes de obtener el giro, la bola blanca choca de frente contra una bola roja que se encuentra en reposo, ya sabemos que intercambian estados.
Pero si ahora golpeamos la bola blanca debajo del centro, no sólo se desplazará hacia delante, sino que lo hará también con giro, pero contrario al que llevaría si estuviera rodando libremente con el paño.

Si para este caso hacemos que la bola blanca choque contra la bola roja en reposo, la roja seguirá con la velocidad de la blanca, lo sabemos. La bola blanca tenderá a quedarse en el sitio de la roja, pero debido al giro en contra que no perderá, regresará. Es decir, si hacemos colisionar una bola de billar con giro en contra con otra en reposo, la primera se comportará como si tuviera menos masa que la segunda, y rebota.
En el caso contrario, si la bola blanca es golpeada por arriba del centro, haremos que se desplace hacia delante pero con giro a favor, como si desde el principio la fricción con el paño hiciera lo suyo. Al chocar contra una bola roja en reposo, la roja seguirá con la velocidad de la blanca, y esta última, por el giro a favor,  no se quedará en el sitio de la roja, sino que seguirá. Ahora se comportan como el choque de un cuerpo masivo contra uno liviano.
De lo anterior concluimos que si queremos que nuestra bola blanca regrese, se quede en el mismo lugar o siga hacia delante después de  golpear a una bola roja en repos, debemos golpearla con el taco en el lugar apropiado.

Ya sabemos que una bola, al rodar libremente, lleva dos movimientos: un desplazamiento hacia delante y un giro a favor, es decir, ha sido golpeado con el taco en la parte de arriba. Por lo tanto, al colisionar una bola blanca contra una roja, se comportarán como si la blanca tuviera más masa y “seguirá” a la roja. Esto sucede en tiros cuando dos bolas se encuentran muy separadas, ya que la fricción en el paño siempre le proporcionará, tarde o temprano, giro a favor a la bola blanca. Este hecho es importante para el juego de pull, ya que si la bola blanca cae en una buchaca siguiendo el mismo camino que la que acaba de golpear, el tiro se invalida.
Imaginemos tres bolas que vamos a golpear con la misma fuerza pero en tres puntos diferentes: la primera por abajo del centro, la segunda en el centro y la tercera arriba. ¿Cuál se desplazará mayor distancia por la mesa? Analicemos los casos:
v  La primera recorrerá un primer tramo, de unos cuantos centímetros, con giro contra. Por la fricción con el paño, tendrá que tomar giro a favor, y por este cambio perderá un poco de la energía que el taco le imprimió.
v  La segunda bola no llega giro inicialmente, y por la fricción con el paño deberá tomar giro a favor después de un pequeño tramo recorrido y también perderá energía, aunque no tanto como a la primera.
v  A la tercera ya le imprimimos el giro a favor como si estuviera desde el inicio en contacto con el paño; será la única de las tres que no pierda energía y, por lo tanto, recorrerá la mayor distancia posible.
Los jugadores de billar aprovechan este hecho para golpear a las bolas por arriba si desean que el desplazamiento de la bola blanca sea lo más largo posible. Pero, ¿cuán arriba?
Todos los puntos que se encuentran entre el ecuador de una bola hasta su polo norte son “arriba”. ¿Cuál es el punto preciso donde hay que golpear para que el giro de una bola sea el mismo que llevará por el contacto con el paño?
Si le pegamos muy arriba, cerca del polo norte, el giro a favor será demasiado rápido; si le pegamos cerca del ecuador, el giro a favor será muy lento. Con un fácil cálculo se deduce que la altura ideal donde hay que pegarle es a 7/10 de la altura total de la bola. Al golpearla ahí el giro que adquiere la bola es exactamente el mismo que tendría por el contacto con el paño. Sabiendo lo anterior, ¿qué altura creen que tienen las bandas de la mesa donde rebotan las bolas?   

Imaginaron bien: justamente 7/10 de la altura de la bola. De esta manera, cuando una bola choca con la banda, es empujada en el rebote a la altura ideal para que se desplace la mayor distancia posible por la mesa. Con cualquier otra altura de la banda, se perderá energía y no recorrerá tanta distancia.
Hemos hablado de los efectos por golpear las bolas por arriba y por abajo, ¿qué sucederá si las golpeamos por la derecha o por la izquierda? En estos casos, le imprimiríamos a la bola blanca, además del desplazamiento hacia delante, un giro en contra de las manecillas del reloj. Estos efectos son muy socorridos cuando las bolas rebotan en las bandas. Si no le proporcionáramos efecto derecho o izquierdo a una bola blanca que rebota en forma perpendicular contra una banda, regresaríamos exactamente por la misma trayectoria de partida. Pero si le proporcionamos efecto derecho, aunque la bola blanca llegue perpendicular a la banda, debido a la fricción, el rebote será hacia la derecha. En el caso contrario, hacia la izquierda.
Un hermoso tiro donde se pude magnificar este fenómeno es el siguiente: coloquemos la bola blanca cerca de la banda larga derecha. Golpeémosla con efecto derecho hacia esa banda. Si el efecto y la dirección  son apropiados, en el primer rebote, la bola blanca no perderá todo su efecto y se dirigirá hacia la banda de enfrente. En ese segundo rebote, debido al efecto, la bola tenderá a volver hacia la banda derecha y prácticamente conseguiremos que regrese por el mismo camino en que se fue. Podemos lograr así diferentes trayectorias que la bola puede tomar aunque rebote en la misma parte de una banda.

Todos los tiros que hemos simulado en este escrito se efectúan con una bola blanca que se dirige hacia el centro de una segunda bola. Pero desde luego los choques entre dos bolas también pueden ser de otra manera. Si la bola blanca apenas roza a una bola roja, la blanca prácticamente seguirá su trayectoria y la roja apenas se moverá. Cabe mencionar que existen todos los estados intermedios entre golpear en el centro a la bola roja y apenas rozarla. Golpeando con cierta “inclinación” a la bola roja, conseguimos que ésta se mueva hacia la izquierda y la blanca hacia la derecha. Si realizamos una combinación de este último tiro con un efecto por debajo de la bola blanca, esta última se moverá hacia la derecha y en retroceso.
Hemos dado algunos tips para los que deseen iniciar la práctica en este juego. Podríamos hablar también un poco sobre la geometría de la mesa, pero creemos conveniente dejarlo para una siguiente ocasión. ¡Con lo que tenemos hasta ahora es suficiente como para entretenernos un buen rato!

miércoles, 12 de septiembre de 2012

EL LEON QUE NO SABIA ESCRIBIR


EL LEON QUE NO SABIA ESCRIBIR




El león que no sabía escribir. Pero eso no le importaba porque podía rugir y mostrar sus dientes. Y no necesitaba más.
Un día, se encontró con una leona.
La leona leía un libro y era muy guapa. El león se acercó y quiso besarla. Pero se detuvo y pensó: “Una leona que lee es una dama. Y a una dama se le escriben cartas antes de besarla”. Eso lo aprendió de un misionero que se había comido. Pero el león no sabía escribir.
Así que fue en busca del mono y le dijo: “¡Escríbeme una carta para la leona!”.
Al día siguiente, el león se encaminó a correos con la carta. Pero, le habría gustado saber  qué era lo que había escrito el mono. Así que se dio la vuelta y el mono tuvo que leerla.
El mono leyó: “Queridísima amiga: ¿quiere trepar conmigo a los árboles? Tengo también plátanos. ¡Exquisitos! Saludos, León”.
“Pero noooooo!, rugió el león.  “¡Yo nunca escribiría algo así!” Rompió la carta y bajó hasta el río.
Allí el hipopótamo le escribió una nueva carta.
Al día siguiente, el león llevó la carta a correos. Pero le habría gustado saber qué había escrito el hipopótamo. Así que se dio la vuelta y el hipopótamo leyó:
“Queridísima amiga: ¿quiere usted nadar conmigo y bucear en busca de algas? ¡Exquisitas! Saludos, León.
“¡Noooooo!”, rugió el león. “¡Yo nunca escribiría algo así!”. Y esa tarde, le tocó el turno al escarabajo se esforzó tremendamente e incluso echó perfume en el papel.
Al día siguiente, el león llevo la carta a correos y pasó por delante la jirafa.
“¡Uf!, ¿a qué apesta aquí?”, quiso saber la jirafa.
“¡La carta! –Dijo el león-. ¡Tiene perfume de escarabajo!”
“Ah-Dijo la jirafa-, ¡me gustaría leerla!”
Y leyó la jirafa: “Queridísima amiga: ¿quiere usted arrastrarse conmigo bajo la tierra? ¡Tengo estiércol! ¡Exquisito! Saludos, León.
“¡Pero noooooo! –rugió el león- ¡Yo nunca escribiría algo así!”.
“¿No la has hecho?”, dijo la jirafa.
“¡No!” –rugió el león- ¡Noooooo!
¡No! Yo escribiría lo hermosa que es.  Le escribiría lo mucho que me gustaría verla. Sencillamente, estar juntos. Estar tumbados, holgazaneando, bajo un árbol. Sencillamente, ¡Mirar juntos el cielo al anochecer! ¡ ¡Eso no puede resultar tan difícil!”.
Y el león se puso a rugir. Rugió todas las maravillosas cosas que él escribiría, si supiera escribir.
Pero el león no sabía. Y así, continuó rugiendo un rato.
“¿Por qué entonces no escribió usted mismo?”
El león se dio la vuelta: “¿Quién quiere saberlo?” –dijo “Yo”- dijo la leona.
Y el león, de afilados colmillos, contestó suavemente: “Yo no he escrito porque no sé escribir”. La leona sonrió
Si queremos decir algo, con nuestros propios sentimientos e ideas, tenemos que escribirlo nosotros mismos.
Martín Baltscheit, El león que no sabía escribir.

martes, 4 de septiembre de 2012

Buda [Siddharta Gautama]


Buda
 [Siddharta Gautama]
Nació en la frontera entre Nepal y la India, cerca del año 560 AC, y murió en India en el 480 AC.  Fue el fundador del budismo.  Los datos biográficos acerca de la vida de Buda son escasos y fragmentarios, procedentes en su mayoría de tres grandes fuentes: los vinaya, los sutta-pitaka y el buddhacarita de Asvaghosa, todos ellos textos posteriores a su tiempo. 
Por otro lado, en su biografía se mezclan distintas leyendas y tradiciones, todo lo cual imposibilita el conocimiento exacto de fechas y actos.  Hay, sin embargo, cierto consenso en ubicar el nacimiento de Buda en el seno de una familia de casta elevada.  Su padre, Suddhodana, era monarca de los Sakya, clan de la región de Kapilavastu.  A su madre, Maya, Buda no llegó a conocerla, pues falleció una semana después de que él naciera.
Tras una infancia y una adolescencia propias de su procedencia cortesana, Buda contrajo matrimonio con su prima Yasodhara, con quien tuvo un hijo varón al que llamaron Rahula.  A los veintinueve años, hastiado de su condición principesca y muy afectado por los sufrimientos de sus semejantes, decidió abandonar el palacio paterno para encontrar la causa del dolor humano y una vía hacia la libertad. 
Con este fin, Buda se entregó al ascetismo más riguroso, del cual, sin embargo, no extrajo ningún conocimiento.  Tras varios años de infructuosa meditación, el día de luna llena de Vesakha (mayo del 523 AC) Buda se sentó bajo una higuera sagrada en Uruvela, a orillas de un afluente del río Ganges, dispuesto a no moverse de allí hasta alcanzar el verdadero conocimiento.  Este le sobrevino durante la noche, una vez superadas las tentaciones que para alejarlo de su fin dispuso el dios Mara.  Gautama obtuvo la iluminación y se convirtió desde entonces en el Buda, que significa, El Iluminado.  A partir de aquel instante, dedicó el resto de su existencia a predicar el dharma, es decir, la doctrina o ley suprema de todas las cosas.
Sus primeros discípulos fueron cinco ascetas, antiguos compañeros suyos, ante quienes pronunció en Benarés su primer sermón, conocido como Discurso sobre el Movimiento de la Rueda del Dharma, y en el cual Buda explicó por vez primera la doctrina de las Cuatro Verdades.  Estos cinco ascetas fueron los primeros integrantes de la sangha («la comunidad»), la cual fue ampliándose durante los siguientes años, dedicados íntegramente por Buda a la difusión de la nueva fe y a la organización de la bhikku, la comunidad monástica del naciente budismo.
Tras escapar de un intento de asesinato a manos de su primo Devadatta, acontecido ocho años antes de su muerte, y conseguida la conversión de su esposa y su hijo a la nueva doctrina, Buda enfermó de disentería, dolencia que le produjo la muerte a los ochenta años de edad.  Su cuerpo fue incinerado y sus cenizas y reliquias, que con el tiempo fueron objeto de culto, se repartieron entre sus discípulos más avanzados o fueron encerradas en diez stupas o monumentos funerarios.
Buda no dejó ninguna obra escrita.  Sus enseñanzas se transmitieron oralmente hasta su transcripción, cuatro siglos después, en el Canon Pali.  La nueva doctrina revelada por él otorgaba un papel secundario al conjunto de divinidades, estaba abierta a los miembros de todas las clases sociales y defendía que el ser está sometido al samsara (la rueda de los nacimientos y las muertes), en movimiento hasta que la acción (karma) no la detenga.  Por karma se entiende que es el destino de un ser vivo condicionado por los actos realizados en sus vidas anteriores. 
De este planteamiento inicial surgen las Cuatro Verdades Nobles: el mundo es sufrimiento; éste deriva de los deseos humanos; el único camino hacia la salvación pasa por la renuncia voluntaria al deseo; la salvación se consigue por medio de ocho principios nobles.  Estos son: la comprensión recta, el pensamiento recto, la palabra recta, la acción recta, el medio de existencia recto, el esfuerzo recto, la atención recta y la concentración recta.  Cuando el ser humano los aplica se consigue la vía media, que abre las puertas a una existencia equilibrada.  El objetivo final de la existencia es el nirvana, al cual se llega tras el agotamiento del karma y de la perenne cadena de las reencarnaciones.
Basado en texto de:   www.terra.es/personal8/biografia  y  www.britannica.com
Algunas de sus historias
Anciana Mendiga
En la época de Buda vivió una anciana mendiga llamada
―Confiar en la Alegría‖. Esta mujer observaba cómo reyes, príncipes y demás personas hacían ofrendas a Buda y sus discípulos, y nada le habría gustado más que poder hacer ella lo mismo. Así pues, salió a mendigar, y después de un día entero sólo había conseguido una monedita. Fue al vendedor de aceite para comprarle un poco, pero el hombre le dijo que con tan poco dinero no podía comprar nada. Sin embargo, al saber que quería el aceite para ofrecérselo a Buda, se compadeció de ella y le dio lo que quería. La anciana fue con el aceite al monasterio y allí encendió una lamparilla, que depositó delante de Buda  mientras le expresaba este deseo:
 – No puedo ofrecerte nada más que esta minúscula lámpara. Pero, por la gracia de esta ofrenda, en el futuro sea yo bendecida con la lámpara de la sabiduría. Pueda yo liberar a todos los seres de sus tinieblas. Pueda purificar todos sus oscurecimientos y conducirlos a la iluminación‖ A lo largo de la noche se agotó el aceite de todas las demás lamparillas, pero la de la anciana mendiga aún seguía ardiendo al amanecer cuando llegó. Maudgalyayana, discípulo de Buda, para retirarlas. Al ver que aquella todavía estaba encendida, llena de aceite y con una mecha nueva, pensó: ‖No hay motivo para que esta lámpara permanezca encendida durante el día‖, y trató de apagarla de un soplido. Pero la lámpara continuó encendida. Trató de apagarla con los dedos, pero siguió brillando. Trató de extinguirla con su túnica, pero aun así siguió ardiendo.

El Egoísmo
El primer ministro de la dinastía Tangera un héroe nacional por su éxito como estadista y líder militar. Pero a pesar de su fama, poder, y riqueza, se consideraba a sí mismo como un humilde y devoto budista. Visitaba a menudo a su maestro preferido de Zen para estudiar bajo su instrucción, y parecían llevarse muy bien. El hecho de que era primer ministro no tenía, aparentemente, ningún efecto en su relación, la cual parecía ser simplemente una de un reverendo maestro y un respetuoso estudiante. Un día, durante su usual visita, el primer ministro le preguntó al maestro, "Su Reverencia, según el Budismo ¿qué es el egoísmo?". La cara del maestro se puso roja, y en un tono de voz muy condescendiente e insultante, increpó a modo de respuesta, "¿¡Qué clase de pregunta estúpida es ésa!?".Esta imprevista respuesta conmocionó tanto al primer ministro que llegó a fruncir el ceño y a enfadarse. Entonces el maestro de Zen sonrió y dijo, "ÉSTO, Su Excelencia, es egoísmo.

Buda, que había estado contemplando la escena, le dijo:
 –  ¿Quieres apagar esa lámpara, Maudgalyayana? No podrás. No podrías ni siquiera moverla, y mucho menos apagarla. Siderramaras toda el agua del océano sobre ella, no se apagaría. El agua de todos los ríos y lagos del mundo no bastaría para extinguirla.
 –  ¿Por qué no?
 – Porque esta lámpara fue ofrecida con devoción y con pureza de mente y corazón. Y esa motivación la ha hecho enormemente beneficiosa. Cuando Buda terminó de hablar, la mujer se le acercó, y él profetizó que en el futuro llegaría a convertirse en un buda
 perfecto llamado ―Luz de la lámpara‖. Así pues, es nuestra motivación, ya sea buena o mala, la que determina el fruto de nuestros actos. Shantideva dijo:"Toda la dicha que hay en este mundo, Toda proviene de desear que los demás sean felices; Y todo el sufrimiento que hay en este mundo,
Todo proviene de desear ser feliz yo‖
Puesto que la ley del karma es inevitable e infalible, cada vez que perjudicamos a otros nos perjudicamos directamente a nosotros mismos, y cada vez que les proporcionamos felicidad, nos proporcionamos a nosotros mismos felicidad futura.




INTELIGENCIA.
Usa tu inteligencia para buscar las cosas donde están y no donde no están, incluso si está oscuro. Busca dentro de tí. Una tarde la gente vio a Rabiya buscando algo en la calle frente a su choza. Todos se acercaron a la pobre
anciana,‖¿Qué pasa?‖
-le preguntaron-
‖¿qué estás buscando?‖.―Perdí mi aguja‖, dijo ella. Y todos la ayudaron a buscar la. Pero alguien le preguntó: ―Rabiya, la calle es larga, pronto no habrá más luz. Una aguja es algo muy pequeño ¿porqué no nos dices exactamente dónde se te cayó?‖.―Dentro de mi casa‖, dijo Rabiya.―¿Te has vuelto loca?‖ -preguntó la gente- ‖Si la aguja se te ha caído dentro de tu casa, ¿porqué la buscas aquí afuera?‖.―Porque aquí hay luz, dentro de la casa no Hay‖.―Pero aún habiendo luz, ¿cómo podremos encontrar la aguja aquí si no es aquí donde la has perdido? Lo correcto sería llevar una lámpara a la casa y buscar allí la aguja‖.
Y  Rabiya se rió. ―Sois tan inteligentes para las cosas pequeñas ¿cuándo vais a
utilizar esta inteligencia para vuestra vida interior?

Os he visto a todos buscando afuera y yo sé perfectamente bien, lo sé por mi propia experiencia que lo que buscáis está perdido dentro. Usad vuestra inteligencia ¿porqué buscáis la felicidad en el mundo externo? ¿Acaso lo habéis perdido allí?‖.Se quedaron sin palabras y Rabiya desapareció dentro de su casa.

Ni tú ni yo somos los mismos
El Buda fue el hombre más despierto de su época. Nadie como él comprendió el sufrimiento humano y desarrolló la benevolencia y la compasión. Entre sus primos, se encontraba el perverso Devadatta, siempre celoso del maestro y empeñado en desacreditarlo e incluso dispuesto amatarlo. Cierto día que el Buda estaba paseando tranquilamente, Devadatta, a su paso, le arrojó una pesada roca desde la cima de una colina, con la intención de acabar con su vida. Sin embargo, la roca sólo cayó al lado del Buda y Devadatta no pudo conseguir su objetivo. El Buda se dio cuenta de los sucedido y permaneció impasible, sin perder la sonrisa de los labios. Días después, el Buda se cruzó con suprimo y lo saludó afectuosamente. Muy sorprendido, Devadatta preguntó: -¿No estás enfadado, señor?-No, claro que no. sin salir de su asombro, inquirió:-¿Por qué? Y el Buda dijo:-Porque ni tú eres ya el que arrojó la roca, ni yo soy ya el que estaba allí cuando fue arrojada. El Maestro dice: Para el que sabe ver, todo es transitorio; para el que sabe amar, todo es perdonable.